Desde el barco pude apreciar la forma del continente y quedé maravillada. Pero una vez te adentras, te animas a seguir investigando. “Marruecos no se descubre en un solo viaje”, me repetía constantemente en mi cabeza.
Necesitarías infinitos viajes para entender esa cultura, tan diferente pero igual, en cada uno de los pequeños pueblos que fui atravesando en mi camino hacia el desierto.
Pasaban los días y yo seguía embelesada en el mismo sitio. Dicen que cuando llegas a Marruecos todo te envuelve de tal manera que olvidas incluso el día en el que vives. Parte de razón tiene quién acuñara esa frase, porque yo seguía en el mismo lugar día tras día, viendo cada mañana a la misma gente y lo más preocupante, sin adelantar nada de mi trabajo.
Mi propósito no era otro que adentrarme en las dunas para poder ver una parte ínfima del desierto que posee Marruecos. La ruta me haría pasar por ciudades emblemáticas durante algunos días y me obligaría a estar otros tantos días del viaje descansando. Por momentos, esto no me preocupaba en demasía, ya que estaba disfrutando desde el primer minuto de mi llegada. Sin embargo era consciente de que pasar algunas jornadas en aquél lugar me dejaba menos tiempo para disfrutar de “la soledad del desierto”, que es como definitivamente y tras darle mil vueltas en el ferry que me trajo al continente, había decidido titular mi artículo para este viaje.
Resultará útil aclarar a los futuros viajeros que son muchas horas de viaje en carretera las que les esperan y que a pesar de que en el mapa las distancias parecen relativamente cortas, las carreteras con las que uno se encuentra cuando decide adentrarse en las áridas tierras de Marruecos son muy abruptas. Algunas de ellas apenas están pavimentadas y otras son tan estrechas que obligan al conductor a atravesarlas tomando muchas precauciones, porque a diferencia de nuestra estricta regulación vial y nuestros carnés “por puntos”, da la impresión de que allí pueden circular como realmente les venga en gana. Si te paran, es difícil pensar que haya sido por haber superado el límite de velocidad.
Las tres noches que pasé en Chefchaouen pasaron como si fueran horas. La plaza en torno a la cual se extiende el resto del pueblo es acogedora y tranquila, pese al bullicio provocado por el ir y venir de los mercaderes. Los lugareños son hospitalarios e invitan a quedarse al turista más tiempo del que tenían previsto, lo que podría explicar que una gran cantidad de españoles hayan escogido como centro de trabajo y residencia este pequeño pueblo al norte de Marruecos. El camino desde Ceuta hasta Chefchaouen no se hace pesado. Se puede recorrer en unos 45 minutos y el entorno invita a ir relajado conduciendo.
Cuando por fin inicié el camino hacia Marrakech, recogí a dos hombres que viajaban hacia Casablanca para visitar a un familiar enfermo. La hora de la comida se acercaba y les pregunté, empleando mi pobre francés, dónde podíamos alimentarnos ya que la llegada a Casablanca se retrasaría hasta casi acabado el día y necesitaba reponer fuerzas después de estar conduciendo más de tres horas. Esta prolongación de un viaje que debería haber sido más corto, se debía en parte a que antes de salir di un rodeo por los alrededores de Chefchauen para despedirme de todo aquello que me disponía a dejar atrás por un periodo de quince días, hasta mi regreso del desierto. Realmente es un lugar que cuesta abandonar. Sus casitas bajas, la relajada perspectiva que se te ofrece desde sus terrazas pintadas en lo más alto por un blanco añil que recuerdan a cualquier pueblo andaluz y en sus paredes, a media altura, un azul cielo intentando con esta combinación dar a sus casas una altura irreal y al pueblo en general mayor profundidad visual.
La propuesta de mis nuevos compañeros de viaje para nuestro almuerzo fue francamente un descubrimiento. Sigo revisando el mapa mientras redacto el artículo y no consigo encontrar ese lugar exacto de la carretera (que no sé si podría considerarse un pueblo) donde la especialidad no es otra que unas bolas de carne aderezadas con unas especias tan fuertes que no logras encontrarle gusto a la carne en sí, pero sí un retro nasal fuerte de condimentos propios del desierto. Llegaban unos olores tan intensos y unos colores tan profundos del lugar de trabajo de aquellos cocineros (que con cuatro parrillas fabricadas a mano, un gran cuchillo de carnicero y la pieza de carne colgada de un anzuelo gigante preparaban la comida más exquisita y mejor presentada), que resultaba imposible no quedarte perplejo ante tanta sencillez tan armoniosamente trabajada. Disculpadme de antemano la errata, pero el lugar del que hablo lo llamaban “Ochichaoua”
La mañana hasta Casablanca pretendía ser más tranquila en lo que a carretera se refería. Había recorrido una parte demasiado abrupta y salvaje que daba paso a una gran autopista que conduce directamente a Marrakech. Dejé anotado en mi cuaderno de bitácora que en mi siguiente visita recorrería las calles y plazas de Casablanca, pero ahora debía de acortar la distancia que me separaba del desierto para no tener que besar el sitio y volverme corriendo a entregar mi crónica en la editorial. Cansada después de todo un día intenso de viaje, llegué a la puerta de entrada que me anunciaba por fin mi descanso en Marrakech.
En la capital los hoteles son extremadamente elegantes. Si buscáramos una sola palabra, creo que podría definirse a la gran mayoría de ellos como majestuosos. Te reciben como a un gran huésped y te tratan de este modo desde la entrada del establecimiento, hasta la llegada a la habitación. Por supuesto, cuando entras a esos grandes salones, adornados con grandes alfombras de hilo, iluminados por lámparas imitación de las de araña y con unos cristales impolutos piensas: “madre mía, no se si esto me lo puedo permitir”. No obstante, en general son todos bastante asequibles al bolsillo del turista que viaja con lo justo para moverse mucho y descubrir más de lo que se mueve, el gran lema que me acompaña en cada uno de mis viajes. Todos disponen de baño europeo, lo que me recuerda que he de advertir al que pretenda viajar a Marruecos después de esta lectura, que los baños de este tipo en este país no se estilan. Lo más frecuente es encontrarse con los llamados “agujeros en el suelo”, donde el visitante al principio no se siente muy cómodo, aunque creo que en mi caso no me sentí cómoda simplemente por el hecho de que eran mixtos y eso a las mujeres les desanima bastante. ¡No todo iba a ser perfecto! En el hotel donde me hospedaba, a diferencia de todos los lugares visitados hasta el momento, también servían cerveza. En general, el consumo de alcohol en Marruecos está seriamente perseguido o, al menos, mal visto, así que son contados los lugares donde puedes disfrutar de una cerveza “fresquita”, que es lo que hice yo antes de irme a descansar de mi largo día de viaje.
No pensaba estar mucho tiempo en Marrakech, pero a medida que paseaba por su Medina, realizaba compras en su Zoco y charlaba con la gente, más me atraía conocer ese ambiente nocturno del que todo el mundo habla para bien y para mal. Son muchas las leyendas que rodean estos pueblos, leyendas que el turista prefiere no aventurarse a descubrir si son ciertas o no. Por ello es habitual visitar las zonas más conflictivas con un guía. El Zoco es un laberinto de calles que no sabes exactamente adónde llevan. En él, los gremios de mercaderes se reúnen por sectores, como antiguamente en las calles de Madrid: zapateros, orfebres, cerrajeros, son tantos los oficios que se conservan allí en pleno siglo XXI que resulta sorprendente. De algún modo, puedes verte volviendo sin darte cuenta a la mismísima Edad Media. Los boticarios enseñaban con orgullo a los turistas sus pociones mágicas para dejar de fumar, para perder peso o para eliminar las migrañas. Yo fui una de tantas que aprovechó su visita al mercado para comprar mil y una reservas de especias, con el objetivo de intentar preparar alguna comida especial de vuelta a casa. La comida fue en un lugar bastante concurrido, en el que se reunían turistas de bajo presupuesto, como era mi caso, y la población autóctona. Desde la mesa se apreciaban los tajines al fuego, especialidad de la casa y un autentico deleite para el paladar. Fue un día agotador. Recorrí las calles de la ciudad, visité las vasijas inmensas que utilizan para teñir sus telares, aproveché para hacer algunas compras y también para charlar con los empresarios locales sobre su vida, sus experiencias, cultura, religión. Me sirvió para poder entender un poco mejor algunos aspectos como la poligamia (presente todavía en algunos lugares del país) contada en primera persona, conocer un poco más cuál es la situación de cierre de fronteras con respecto otros países y sobre todo el deleite de ver cómo se manipulan todavía con las manos la gran mayoría de los artículos que se venden en plazas y mercadillos.
LA PLAZA JEMAA- EL- FNA
La noche era mágica. Procesiones de gente se aventuraban hacía la Plaza Jemaa-El-Fna, la más popular de Marrakech. Son las noches en las que el turista, en simbiosis con la población local, disfruta sin limitaciones de sus teatros, sus cuenta cuentos, sus especialidades culinarias y, cómo no, siempre que el idioma lo permite, de sus anécdotas y deseos. En este lugar se conjuga todo: el miedo a posibles sucesos inesperados, la excitación de conocer cosas nuevas tan increíbles y nada comunes en nuestro día a día cotidiano. Los puestos de comida rápida se ubican en el centro de la plaza. En torno a ellos, la gente amontonada pide cualquier tentempié para llevárselo y dar buena cuenta de él, mientras disfrutan de los distintos espectáculos que tienen lugar allí. Un burro fumando, curanderos, vendedores de ungüentos, serpientes saliendo de cestas. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue escuchar a un bereber contando no sé qué historia en su idioma: su manera de expresarse, sus gestos, su mirada, hacían inevitable no quedarte parado intentando adivinar qué podía ser lo que estaba narrando ante los ojos de tantos y tantos espectadores.
Hacia las once de la noche decidí tomarme una taza de té en una de las terrazas de las que disponen los restaurantes alrededor de la plaza y allí puede escribir esta parte de mi artículo, ensimismada frente al ir y venir de la gente, los puestos de zumos, la venta ambulante de monos y las maravillosas luces que iluminan la totalidad de la plaza en esa noche tan oscura de Marrakech. Es un espectáculo observar las escenas que se suceden a cada segundo y, por supuesto, un paso previo recomendable para iniciarse en el conocimiento de la cultura marroquí.
Empleé los siguientes días en pasar fugazmente por los pueblos que me separaban del Atlas, donde el paisaje cambiaba radicalmente en relación a las ciudades que había ido visitando a lo largo de mi viaje. Las carreteras se volvían más complicadas y la imagen de cualquier población se me escapaba del pensamiento. Las edificaciones se pierden entre el color rojizo que muestra el paisaje y unas piedras blancas hacen allí de carteles para identificar los distintos pueblos por los que te vas adentrando.
Al llegar a Zagora hice una parada en el camino. Había visitado otras ciudades no menos importantes y aquí ya me encontraba a las orillas del desierto. Unas señoras bastante hospitalarias me ofrecieron su terraza como resguardo para la noche. Era imposible encontrar un hotel que por precio pudiese adaptarse a mi presupuesto, así que no estaba en condiciones de rechazar la oferta.
Un saco de dormir y una buena taza de té fueron mis compañeros permanentes durante las dos noches que pasé en Zagora organizando mi salida hacia el desierto. Aunque existen muchas empresas que desde las grandes ciudades organizan salidas y visitas de tres días al desierto, yo me proponía conocerlo por mí misma, sentirme en la soledad de las dunas viendo nada pasar y sobrellevando los cambios climáticos del desierto, como tantas veces había leído en mis libros de geografía.
No recabé información con el fin de hacer turismo por Zagora, ya que no me despertaba gran interés, y me dispuse directamente a salir a conocer esas tierras vacías pero llenas de belleza. El calor era sofocante y me inquietaba ver a la gente vestida completamente de negro y tapando hasta el último centímetro de piel, para evitar cualquier contacto con los rayos del Sol que abrasaba sin piedad desde lo más alto del cielo.
Pasé por kasbas impresionantes, pueblos derruidos donde sólo los cultivos que albergaban los oasis situados en ellos obligaban a los antiguos pobladores a visitar las que antes eran sus residencias. La población, aunque escasa en esta zona, resultó ser bastante amable. Aquí el idioma empezaba a ser un inconveniente de forma más notoria. Los bereberes no hablan más lengua que la propia y algunos de ellos chapurrean vagamente el francés. Me adentré en uno de esos pueblos que aparentemente se encontraban abandonados. En su interior encontré un oasis con un cultivo cuidado y perfecto de donde manaba agua a raudales. De repente y ante mi sorpresa, salieron de la nada cuatro chavales de no menos de doce años que hicieron de guías mostrándome donde rezaban, donde leían o estudiaban y, por supuesto, donde vivían. Sus familias, amables, sacaron lo poco que tenían para agasajar al turista, sin duda un elemento poco frecuente entre las anécdotas que puedan contar sobre su vida cotidiana. Sólo podía mirar a la cara a las más de 30 personas que se reunían en torno a mí y asentir con agradecimiento ante todas las ofrendas de dátiles y tés morunos que habían preparado orgullosos de mi presencia en su localidad. Sinceramente, nunca antes había sentido tanta hospitalidad. A pesar de los numerosos lugares que he recorrido, no había experimentado tal sensación de bienestar. Y, por supuesto, aquí no se queda la anécdota del viaje. Uno de los muchachos del lugar hablaba palabras sueltas de castellano y me enseñó cómo había aprendido a hablar nuestra lengua. Lo había conseguido a través de la lectura de los catálogos de centros comerciales e intentando adivinar mediante los dibujos de libros infantiles el significado de ciertas palabras. Un autentico autodidacta.
Aún hoy pienso a menudo en aquellos muchachos, y en que crecerán y seguirán igual: mismo sitio, misma gente, con la llegada extraordinaria de algún turista despistado e intrépido cuya visita formará parte de sus historias de sobremesa en alguna ocasión. Una única cosa me pidieron a cambio de toda la hospitalidad que recibí de su parte: más catálogos o libros y sobre todo esta revista. ¡Espero que llegue sin problemas!
Llegando a Risani ya pude apreciar la belleza de la región desértica con sus oasis aislados y su desierto negro. Risani posee antiguas kasbas dignas de visitar. Proseguí mi trayecto mientras la noche caía poco a poco sobre mí. Tuve que llegar a Merzouga para disfrutar por fin de mi primera noche en soledad en el desierto y tomarme un té con menta mientras apreciaba la tranquilidad del lugar, donde la luz que emergía del cielo estrellado, como si fuera una antorcha, me dejaba entrever el paisaje que a la mañana siguiente iba a disfrutar en su total plenitud. La pura belleza del lugar, la arena dorada y el paso lento de los dromedarios fueron mis compañeros de viaje los últimos tres días de mi ruta. Una experiencia para los sentidos, un conectar profundo con todo lo que me rodeaba y eso sí, también la presencia de numerosos turistas que se agolpaban una vez más para hacerse su ansiada foto en las pocas dunas que posee Marruecos. Llegó de nuevo el ocaso, se apagó la luz, la gente se recogió en sus casas y yo pude seguir deleitándome una noche más con el perfil de las dunas contorneado por las luces incansables de los millones de estrellas que pueblan cada madrugada el cielo del desierto marroquí. Una música a lo lejos fue mi canción de cuna para cerrar los ojos y disfrutar del milagro de la naturaleza.
Una visita a Marruecos sin pasar por Erg Chebbi, es un viaje incompleto. El despertar de mis últimos días sobre la arena coloreada roja fuerte me proporcionaba uno de los paisajes fantásticos de Africa. Durante mis paseos a camello para conocer un paisaje distinto y a la vez igual iban pasando sobre mi cabeza tantos momentos vividos en un breve espacio de tiempo. Hannan, mi guía a penas entablaba una conversación de más de cinco minutos, su mirada se perdía en el horizonte, como si fuese la primera vez que observaba la tierra que pisaba. No tenía intención de dejar atrás su tierra, todo de ella le atraía, un hechizo al que es imposible resistirse. Para mi era imposible describir todo lo que había sentido, los olores que había percibido, la hospitalidad y la generosidad de sus gentes. No quería volver, sólo pensar en la idea de abandonar lo que había sido mi hogar temporal en estos últimos días de marzo me hacía prometerme una vuelta inminente, por que parte de mi corazón se quedaba allí, con todos los que había recogido y compartido una taza de té, unas miradas por falta de idioma o una puesta de sol bajo las dunas. En el camino lento del camello llegamos a Merzouga, allí nos tocaba separarnos. Habían sido pocos días, en el recuerdo estarían mucho más. Ahora que escribo estas lineas me he vuelto a sumergir en sus calles, a tocar con mis dedos la arena y a cerrar los ojos para escuchar el murmullo de la arena rozando la tela de mi saco. Y como no, también me viene al recuerdo el dolor del paso lento entre mis piernas del amable dromedario.
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