Agustin Munoz

1-1-2001

No sorprenderá, a buen seguro, a ingente número de mojaqueros que yo asegure que Mojácar siempre ha tenido para mí un valor especial, al haberla sentido de modo entrañable y continua desde que la visitara por primera vez hace justamente ahora cuarenta años.

Desde entonces prácticamente la he visto crecer y he conocido su desarrollo económico y progreso social, habiendo deparado éstos controversias que visto lo que nos han producido estos últimos dos lustros no tienen parangón con las que antaño se generaban. Alejado del panorama informativo al que ahora regreso desde esta tribuna periodística, me ha llamado poderosamente la atención la sostenibilidad del progreso que se ha producido en Mojácar y que, a mi juicio, tuvo la base en el cada vez más lejano inicio de su singladura turística, allá por los años 60, alcanzando, por méritos propios, el sobrenombre de “La Ibiza peninsular”.

Fue entonces cuando comenzaron a llegar bohemios de medio mundo y personajes progresistas con elevado poder adquisitivo, en general y muy superficialmente una convergencia del “Mayo del 68” y el “Movimiento hippy” que impregnaron a Occidente de unos valores que aún permanecen aunque sea residualmente. Mojácar se convirtió de este modo, y sin temor a ser desmentido, en el epicentro de la progresía peninsular.

No aceptando consejos y haciendo caso omiso a las críticas, los desconocedores de Mojácar la entendían en el ocaso del Régimen de Franco como “el centro de perversión, de droga y sexo” del Levante Almeriense, acudía a extasiarme con sus vistas y sus gentes durante las décadas de los 70 y 80, deleitándome las prolongadas charlas hasta bien entrada la madrugada que los detractores calificaban “noche locas” en un acto de alarde imaginativo y sublime de grandilocuencia intelectual en su ceguera mental. Y lo mejor de ello es que discurrían en un numeroso grupo de 15/17 amig@s que veraneábamos en Garrucha y que esos intelectuales de pacotilla se sorprenderían enormemente de la personalidad de algunos de los componentes de aquella piña de amigos y amigas. Los tiempos cambian, y observo con placidez y regocijo cómo ahora valoran las generaciones posteriores los valores que la hicieron mundialmente célebre en un acto de resarcimiento inconsciente.

Mojácar ha sido, sin duda alguna, el reclamo y motor del desarrollo económico y progreso social del Levante Almeriense durante dos décadas, y de la que se nutrían Turre como centro culinario y Vera como comercial, quedando Garrucha como población residencial al igual que fuera concebida la zona de playa de Mojácar. No resulta necesario decir que esos gloriosos veinte años pasaron a la Historia más grande de la provincia de Almería, porque la aportación de Mojácar ha sido determinante o equiparable a la agricultura intensiva del Poniente.

Se conjugaban antaño perfectamente el ocio y la residencia sin la disyuntiva a la que se pretende someter actualmente. El casco urbano era su principal atrayente con la proliferación de bares con luces indirectas y música y de tapas, así como contaba con dos discotecas, El Pimiento y El Moresco, donde discurriría la primera parte de la noche para pasar a la zona de playa que contaba con El Congo y El Continental como centros consolidados aunque existían otros que pasaron efímeramente.

Los tiempos, como decía, cambian, pero lo que, a mi juicio, ha cambiado ha sido la proyección turístico-progresista de Mojácar por dejadez, por abandono, por desconocimiento o por la razón que fuere. Ha faltado, y está necesitando Mojácar, proyectarse internacionalmente como lo ha hecho desde los albores de su singladura turística en los años 60 y no limitarse a acudir, como si de un viaje turístico organizado se tratara, a la feria de FITUR y repartir unos cuantos folletos, porque, en mi opinión, no es lo se necesita realmente por necesario que resulte. Y le falta sobretodo inmiscuirse y conseguir alinearse con los movimientos sociales imperantes en el mundo en cada momento, toda vez que ésa, acompañada por el buen hacer de los mojaqueros y mojaqueras, le valieron un éxito por el que aún sobrevive. La capacidad y muy especialmente la hospitalidad de las mojaqueras y los mojaqueros para atraerse al movimiento hippy y a los grupos opositores al Régimen de Franco le sirvieron a Mojácar para hacerse con un nombre en el concierto internacional. Y eso es justamente, en mi opinión, lo que en estos momentos no cuenta Mojácar. Resulta obvio decir, y por sobreentendido quedaba, que todo ello manteniendo como base fundamental las privilegiadas características arquitectónicas del casco urbano.

El Urraca

El Urraca”, el nombre o sobrenombre que nos rechinaba en los oídos en una tenebrosa habitación de la Comisaría de Policía el día 8 de Diciembre de 1972, acaba de asomar para la opinión pública española bajo el título “El cazador de rojos” en la sección dominical del diario EL PAÍS.


“Este ha sido ‘El Urraca’”, decía uno de los detenidos, en tanto que otro avisaba que “’El Urraca’ nos llevará al paredón, así que encomendaros a Dios y despediros de este vida”, señalaba otro mientras rechinaban en nuestros oídos también los cerrojos de las arcaicas cerraduras que escuchábamos con caracas circunspectas y de circunstancias, que al alba se tornarían en una constante preocupación que impedía el sueño tras la que sería una larga noche entre paredes con desconchones de la cal con que habían pretendido vanamente cambiarles la imagen tétrica que proyectaba. Sin conocer la mayoría de los 25/30 jóvenes estudiantes que llenábamos la pequeña habitación policial iluminada por una bombilla sin lámpara, Pedro Urraca Rendueles vuelve a flotar sobre nuestras mentes.

Hacía un año que se había jubilado cuando aún permanecía latente su imagen de “cazador de rojos” y junto a “Willy ‘El Niño’” eran los dos policías que más rechazo producían en el llamado “Movimiento estudiantil”. Desde esta organización estudiantil en la Universidad Española dominada por el Partido Comunista de España se llevaría a cabo la más exacerbada y pacífica oposición al Régimen de Franco, a cuya muerte dejó de existir y es una lástima su desaparición porque sirvió de cauce a las reivindicaciones estudiantiles y juveniles que hoy parecen inmersas en un profundo y duradero letargo.

Pues bien, el reencuentro con “El Urraca” ha sido me ha hecho retroceder en el tiempo la friolera de treinta y seis años. El funesto personaje que pendía de la imaginación en muchos de los jóvenes ha vuelto a rechinar en los oídos de la hoy ya generación que se dispone a abandonar su ciclo laboral. Es posible que a muchos de ellos le haya producido la misma impresión que a mí, que les haya hecho retroceder en el tiempo y posiblemente establecer un cuadro comparativo de aquella etapa con la que actualmente nos está tocando vivir. Y a buen seguro es posible haya encontrado algunos elementos comunes.

Tan tétrico personaje, de quien Luís Gómez asegura que “su identidad tardó en ser conocida por los historiadores que empezaron a investigar en las alcantarillas del franquismo”, tiene sus emuladores en la España democrática actual, a modo del Gobierno de Vichy lo fue del de la Alemania de Hitler. Y como “El Urraca”, que “fue un funcionario protegido durante décadas por el Estado español” y del que no se descarta “que disfrutara de una cómoda jubilación”, durante la que “nadie le molestó en su vejez”. Coincido plenamente con el autor en que “no parece justo que la España democrática deba esperar” para conocer respuestas sobre sus tropelías. Como diría el entonces presidente del Gobierno Felipe González, “las grandes justicias conlleva pequeñas injusticias”.

Citado coloquialmente como un policía que perseguía a “rojos” sería con el tiempo cuando muchos conocimos la personalidad de este policía que se dedicaría a perseguir a personalidades de la II República Española en Francia y cuyo principal mérito fue la detención y entrega a las autoridades franquistas para su fusilamiento del Presidente de Cataluña Lluís Company, red policial que tuvo también a su cargo la detención y entrega para su ejecución del Ministro de la Gobernación con Negrín Julián Zugazagoitia. A pesar del tiempo transcurrido, toda vez que los hechos se produjeron en la postguerra incivil española, su nombre flotaba en las mentes de la izquierda española de los años setenta, posiblemente auspiciado por los eurocomunistas de Santiago Carrillo. De este modo es como llegó a mis oídos “El Urraca”, de quien vuelvo a saber de él a través de una información periodística, que espero y ansío sirva para hacer accesible ahora para los historiadores su hoja de servicios y muy especialmente sus hechuras en Francia y no se demore su conocimiento hasta 2021 como exige la Ley. Servirá entonces para que los españoles y muy especialmente los jóvenes de las postrimerías franquistas que aún permanecíamos bajo los fantasmas del Régimen de Franco sepamos fidedignamente cuanto ocurrió en la Francia colaboradora del Gobierno de Hitler y de la que se sirvió el franquismo tejiendo una red policial en territorio francés con la colaboración de la Gestapo y Vichy.

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