Beatriz Garre
¿Es la Rotonda de los Peces uno de los puntos más conflictivos de Almería?
La pregunta no es retórica. Es cotidiana. La formulan vecinos que no duermen, peatones que cruzan con miedo y turistas que, cámara en mano, no comprenden cómo uno de los monumentos más simbólicos de la ciudad sobrevive cercado por cláxones.
En el centro de esa rotonda late la Fuente de los Peces, diseñada en 1957 por Jesús Pérez de Perceval en colaboración con Guillermo Langle. Una obra concebida para rendir homenaje al mar, inspirada en el trono de la Virgen del Mar y ejecutada en mármol blanco de Macael. Tres cabezas de pez en el perímetro, seis peces en dos plataformas sostenidas por columnas toscanas. Un símbolo artístico que pretendía realzar la Calle Real y dignificar el acceso al único parque que tenía la ciudad en aquella época.
Y, sin embargo, hoy la escena es otra.
El gazapo que delata nuestra desmemoria
Si uno lee con atención la descripción oficial del monumento y observa la fuente, encontrará un pequeño gazapo: se habla de tres cabezas de pez en el borde y de seis peces en la escultura central… pero se menciona “el perímetro interior del borde” como si fuera un elemento meramente decorativo. En realidad, el protagonismo iconográfico y simbólico del conjunto no reside solo en la acumulación de peces, sino en su disposición jerárquica y en el diálogo entre plataformas, columnas y agua. El error no es numérico: es conceptual. Reducir la fuente a un inventario de peces es olvidar su sentido artístico y urbano.
Ese es el verdadero gazapo: hemos dejado de mirar la obra como obra. La hemos convertido en rotonda.
Un monumento atrapado en el tráfico
La Rotonda de los Peces es hoy un nudo de entrada y salida desde la autovía por la zona del Puerto hacia el casco histórico. Confluyen vehículos privados, motocicletas, camiones, autobuses turísticos, bicicletas, patinetes y peatones. Se cruzan visitantes que bajan hacia el mar y vecinos que intentan atravesar hacia la ciudad.
Las retenciones son constantes. Los autobuses descargan turistas en un espacio sin respiro. Los peatones cruzan entre coches. Las bicicletas buscan huecos imposibles. El ruido no descansa: motores, frenazos, bocinas, carga y descarga, recogida nocturna de residuos —hasta quince contenedores concentrados en la zona—, limpieza de madrugada, tráfico portuario que se intensifica en la Operación Paso del Estrecho.
No hay silencio. Y el arte, como la vida vecinal, necesita silencio.
¿Qué ciudad queremos ser?
Otras ciudades cercanas han tomado decisiones valientes. Málaga ha peatonalizado amplias zonas de su centro histórico y desplazado el tráfico a cinturones exteriores. Granada restringe el acceso a barrios patrimoniales como el Albaicín. Murcia ha apostado por plataformas únicas y transporte público reforzado.
¿Y Almería?
La integración Puerto–Ciudad y la revitalización del entorno de Nicolás Salmerón representan una oportunidad histórica. No solo para embellecer, sino para ordenar. No solo para atraer, sino para cuidar.
Propuestas para recuperar la Fuente… y la ciudad
No se trata de eliminar la vida urbana, sino de organizarla con inteligencia:
- Reordenar el tráfico, reduciendo el paso por la Rotonda de los Peces y Calle Real, derivando accesos hacia vías alternativas menos residenciales.
- Restringir el acceso a vehículos no autorizados en el entorno histórico.
- Peatonalizar progresivamente la Calle Real, garantizando seguridad para vecinos y visitantes.
- Crear carriles bici y VMP segregados y seguros que conecten el centro con el resto de la ciudad.
- Impulsar autobuses eléctricos y transporte público eficiente, reduciendo ruido y emisiones.
- Habilitar aparcamientos disuasorios en el perímetro urbano, favoreciendo el acceso a pie o en transporte público.
- Soterrar o reubicar contenedores, evitando la concentración nocturna de camiones en la rotonda.
- Refuerzo de la seguridad y señalización en el tránsito Puerto–Ciudad.
Estas medidas no son utopía: son planificación urbana contemporánea.
Poner en valor lo que somos
La Fuente de los Peces no nació para presidir un embudo de tráfico. Nació para embellecer, para dialogar con el mar, para dar identidad a la principal arteria comercial de su tiempo. Fue concebida cuando la ciudad tenía un único parque y soñaba con crecer.
Hoy, que aspiramos a ser más modernos, más turísticos, más europeos, quizá la pregunta sea más sencilla:
¿queremos que nuestros monumentos sean rotondas… o referentes?
Reivindicar la habitabilidad no es ir contra el progreso. Es garantizar que quienes viven aquí quieran quedarse. Que el arte respire. Que el patrimonio no sea decorado, sino corazón.
Porque una ciudad bonita no es la que más tráfico soporta, sino la que mejor cuida lo que ama.
Una vecina que se preocupa por su ciudad,
Beatriz Garre
