Antonio Guerrero escritor

Antonio Guerrero

La visita del Papa a España deja una reflexión que trasciende la religión y se adentra en uno de los fundamentos de la democracia moderna: la separación entre las distintas formas de autoridad. El debate no debería centrarse tanto en lo que dijo el Papa como en el lugar desde el que lo dijo. Porque una cosa es la intervención de un líder religioso y otra la de un jefe de Estado. España se define constitucionalmente como un Estado aconfesional. Sin embargo, la referencia a una especial relación con la Iglesia católica introduce una ambigüedad que periódicamente reaparece en la vida pública. La presencia del Papa en el Congreso de los Diputados es uno de esos momentos. La democracia liberal nació precisamente de la necesidad de separar ámbitos de poder. Por eso la cuestión no es si el Papa tiene derecho a expresar sus opiniones. Evidentemente lo tiene. La cuestión es si el Congreso, como sede de la soberanía popular, debe convertirse en el escenario desde el que una autoridad religiosa, aunque sea formalmente jefe de Estado, se dirige a la nación. Porque toda excepción crea un precedente. Si la legitimidad de esta intervención descansa sobre la condición religiosa. ¿Con qué argumento podría negarse mañana idéntico espacio a los líderes de otras confesiones? Sin embargo, una vez planteada esta objeción de principio, resulta igualmente obligado reconocer el valor del mensaje pronunciado. El Papa dijo algo que la sociedad necesitaba escuchar. No lo que quería escuchar, sino aquello que alguien debía recordar. Su discurso apuntó a una desconexión cada vez más evidente entre la vida cotidiana y la política institucional. Mientras la ciudadanía habla de vivienda, empleo, ocupación, si hay o no recursos para todos, la conversación política parece girar con frecuencia alrededor de los propios partidos, de sus estrategias, de sus alianzas y de sus conflictos. La paradoja es evidente. Ha tenido que ser una autoridad externa quien recuerde a la clase política que los ciudadanos esperan otra conversación basada en sus problemas. Quizá esa sea la verdadera enseñanza de esta visita: recuperar una política capaz de hablar el lenguaje de la sociedad. Porque cuando las instituciones dejan de escuchar a los ciudadanos, basta una voz ajena al sistema para poner de manifiesto un silencio que llevaba demasiado tiempo instalado entre quienes deberían representarlos.

Sumario: La vista del Papa ha dejado un mensaje necesitado de analizar, pero también su papel de jefe de estado ha creado una paradoja

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Antonio Guerrero Ruiz es Doctor en Filosofía. Profesor UNED, Presidente Filosofía en la calle, Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH

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