Primer mandamiento
Por Manuel Pozo Oller

En este domingo XXX del Tiempo ordinario san Mateo nos narra otra polémica provocada por los fariseos (22,34-40). Es de admirar la perseverancia de este grupo significado que no ceja en su empeño de litigar con Jesús con la permanente y perversa intención de desacreditar su autoridad. La oportunidad es propicia «al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos», a propósito de la resurrección de los muertos. Se frotan las manos y se envalentonan eufóricos por el varapalo a este grupo competidor. Curiosamente se esconden en el anonimato. Entre las gentes destaca la voz de un jurista, el sabihondo de turno, que pregunta con polémica intención: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
En realidad, los judíos conocían muy bien que el mandamiento del amor a Dios era el primero de todos, y sabían también que el mandamiento del amor al prójimo había sido inculcado con insistencia por la Ley. No obstante, la cuestión ocupaba muchas de las discusiones de los rabinos que habían complicado las cosas de un modo extraordinario en torno al cumplimiento obligado de 613 mandamientos que clasificaban desde los más grandes a los más nimios e insignificantes.
La verdad es que la cuestión discutida en aquel ambiente, clara en los textos bíblicos, no gozaba de una respuesta unánime en el pueblo judío. No faltaban voces que reclamaban el primer lugar para el amor a Dios y al prójimo. Sin embargo, aquí reside la malicia de la pregunta, también estaba extendida la opinión de que el mandamiento más importante, el que resumía la Ley, era la observancia del sábado con sus múltiples obligaciones.
La respuesta de Jesús es clara. Recuerda al texto del Deuteronomio donde se lee: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (6,5). Sin duda. éste es el mandamiento primero y el que da sentido a los demás. En él se unen tres aspectos esenciales del amor unificado: el corazón, la mente y el alma.
La Ley antigua, era conocida por los dirigentes, pero no la cumplían, era una ley “sin alma”, como hemos escuchado en las parábolas en domingos pasados (21,28-22,14).
En conclusión, amar a Dios es el mandamiento «principal y el primero». De esa experiencia nace espontáneamente su consecuencia: «amar al prójimo como a uno mismo» (cf. Lv 19,18). La originalidad de la respuesta de Jesús no está en enunciar los dos mandamientos, que como venimos repitiendo, eran bien conocidos por la tradición judía, sino en la equiparación de uno y otro y en la centralidad del amor que llena de sentido la vida del discípulo. Así pues, «estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas».
Manuel Pozo Oller es Párroco de Ntra. Sra. de Montserrat