La vida no es un currículum
Vivimos en una sociedad en la que parece que nunca es suficiente. Siempre hay algo más que hacer, una habilidad que aprender o un objetivo que cumplir. Desde pequeños se nos enseña la importancia de estudiar, trabajar y esforzarnos para construir un futuro exitoso. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en qué momento hemos empezado a confundir vivir con producir. Esta mentalidad se refleja en la actualidad en numerosos ámbitos: jornadas laborales interminables, estudiantes sometidos a una presión constante por obtener buenos resultados y personas que sienten culpabilidad cuando descansan. Incluso el tiempo libre parece haberse convertido en otra oportunidad para mejorar. De esto habla Byung-Chul Han, especialmente a través de su obra La sociedad del cansancio. El filósofo sostiene que hemos pasado de una sociedad disciplinaria, en la que las personas eran controladas mediante prohibiciones, a una sociedad del rendimiento, en la que cada individuo se exige constantemente a sí mismo. Ya no necesitamos que alguien nos obligue a trabajar más: somos nosotros quienes nos imponemos esa obligación, convencidos de que siempre podemos llegar más lejos. Lo preocupante es que esta búsqueda permanente del éxito puede terminar convirtiéndose en una forma de esclavitud voluntaria. Nos sentimos libres porque elegimos nuestros objetivos, pero pocas veces cuestionamos por qué debemos alcanzarlo.. Así, el valor de una persona corre el riesgo de medirse por sus resultados, su salario, sus títulos o su capacidad para mantenerse ocupada. Pero ¿qué ocurre con aquello que no produce ningún beneficio material? ¿Qué valor tiene pasear sin rumbo, conversar durante horas, contemplar un paisaje o simplemente no hacer nada? Desde una perspectiva filosófica, estas actividades no son una pérdida de tiempo, sino parte esencial de una vida plena. Aristóteles ya distinguía entre las actividades orientadas a conseguir un fin y aquellas que tienen valor por sí mismas. En definitiva, una sociedad que solo valora lo que producimos termina olvidando quiénes somos. Tal vez deberíamos preguntarnos menos qué estamos consiguiendo y más qué estamos dejando de vivir mientras intentamos conseguirlo. Porque, al final, la vida no debería ser una carrera para demostrar cuánto valemos, sino una oportunidad para descubrir qué significa realmente estar vivos en plenitud (ser).
Sumario: Vivir no puede ser una carrera porque corremos el riesgo de perder nuestra identidad.
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Antonio Guerrero Ruiz es Doctor en Filosofía. Profesor UNED, Presidente Filosofía en la calle, Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH