Arreglar el mundo

Antonio Guerrero
Hay algo curioso en las cafeterías. Sentados frente a un café, somos capaces de solucionar guerras, arreglar la economía, reformar la educación y decidir cómo deberían actuar los gobiernos. En apenas unos minutos encontramos respuestas para problemas que llevan décadas desafiando a expertos y dirigentes de todo el mundo. Sin embargo, más interesante que nuestras soluciones es el lugar donde nacen: una conversación. Vivimos en una época marcada por la polarización. Cada debate parece exigir que elijamos un bando. Las redes sociales han convertido muchas discusiones en trincheras donde el objetivo ya no es comprender, sino vencer. Antes de escuchar un argumento, buscamos la etiqueta de quien lo pronuncia. Y cuando las etiquetas importan más que las ideas, el diálogo deja de existir. No siempre fue así. Hace más de dos mil años, Sócrates recorría las calles de Atenas conversando con quienes pensaban diferente. No buscaba imponer sus opiniones, sino hacer preguntas. Entendía que la verdad no surge de los monólogos, sino del encuentro entre personas dispuestas a escuchar. Su famosa frase, “solo sé que no sé nada”, encierra una lección que hoy parece olvidada: la humildad intelectual. Quizá la polarización no sea un exceso de diferencias, sino una escasez de humildad. Nos aferramos a nuestras certezas y observamos al adversario con desconfianza. Pero una sociedad democrática no necesita que todos piensen igual; necesita ciudadanos capaces de convivir con opiniones distintas. El filósofo Karl Popper defendía que el progreso de una sociedad depende de su capacidad para debatir y corregir errores. Cuando desaparece la crítica, aparecen los dogmas. Y los dogmas, sean del signo que sean, siempre terminan levantando muros. Por eso las cafeterías siguen teniendo algo especial. Son uno de los pocos lugares donde todavía es posible sentarse frente a alguien que piensa diferente y mantener una conversación sin convertirla en una batalla. Allí las personas siguen siendo personas. Arreglar el mundo desde una cafetería probablemente sea imposible. Los grandes problemas seguirán existiendo cuando llegue la cuenta. Pero quizá el primer paso para mejorar nuestra convivencia sea recuperar algo tan sencillo como escuchar. Porque tal vez el mundo no cambie cuando todos pensemos igual, sino cuando volvamos a hablar sin miedo con quienes piensan distinto. O eso creo.
Sumario: Escuchar al que piensa diferente sigue siendo la mejor forma de combatir la polarización
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Antonio Guerrero Ruiz es Doctor en Filosofía. Profesor UNED, Presidente Filosofía en la calle, Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH