Inicio / Opinión / Dios es ateo

Dios es ateo

Antonio Guerrero

“Dios es ateo”, suele decir mi amigo Miguel Vera con esa media sonrisa que anuncia conversación larga. La frase suena a provocación, pero no nace del desprecio sino del deseo de pensar mejor. Porque, bien mirada, encierra una paradoja fértil: si ser ateo es no creer en ningún dios, entonces Dios —si existe— no puede creer en otro superior a Él. En ese sentido mínimo y casi travieso, Dios sería ateo.

La broma, sin embargo, apunta más hondo. Muchas veces lo que negamos —o defendemos con fervor— no es a Dios, sino ciertas imágenes de Dios. Un señor con barba blanca y despacho celestial, un contable cósmico o un solucionador automático de problemas. Tal vez el primer “ateo” frente a esos ídolos sería el propio Dios.

Ya lo intuía Miguel de Unamuno cuando hablaba del “sentimiento trágico de la vida”. Para el pensador vasco, la fe no era una certeza cómoda sino una lucha agónica —en el sentido literal: un combate interior— entre la razón que duda y el corazón que anhela no morir. “La fe que no duda es fe muerta”, defendía. Su Dios no era una pieza de museo, sino una herida abierta, una pregunta que arde.

Desde ahí, la frase “Dios es ateo” podría entenderse como una invitación a desconfiar de nuestras caricaturas. Quizá el problema no sea creer o no creer, sino qué entendemos por aquello en lo que creemos —o negamos—. Tanto el teísmo superficial como el ateísmo apresurado pueden combatir o defender el mismo muñeco de paja.

Imaginemos por un momento que alguien le preguntara a Dios: “¿Crees en Dios?”. Y que respondiera: “Depende de lo que entiendas por Dios”. La filosofía, en el fondo, siempre contesta así: afinando conceptos, desmontando simplificaciones, pidiendo matices.

Este artículo no pretende ofender a nadie. No es una burla de la fe ni una apología del escepticismo. Es, más bien, una invitación a pensar con humor y profundidad. Porque tal vez lo verdaderamente serio no sea aferrarse a consignas, sino atreverse a revisar nuestras imágenes y nuestras negaciones.

Y quién sabe: quizá, si Dios existe, prefiera a quienes lo buscan con preguntas antes que a quienes lo encierran en respuestas definitivas; a quienes dudan con honestidad antes que a quienes afirman con soberbia; a quienes se mantienen en camino antes que a quienes creen haber llegado. Porque una respuesta cerrada puede convertirse en frontera, pero una pregunta abierta siempre es puente.  O eso creo.

Sumario: Una provocadora paradoja invita a repensar qué afirmamos o negamos cuando hablamos de Dios.

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Exit mobile version