Agustin Munoz

31-10-2018

Los mosquitos en la provincia de Almería, y más concretamente en el Poniente Almeriense, se han convertido con toda la carga de paradoja en una eficaz arma política arrojadiza entre Administraciones Públicas, por lo que no nos  resultará aventurado pensar que estaremos pasando bajo el denominador común de los mosquitos las dos estaciones del año más proclives al disfrutar del aire libre.

Cuando mencioné la problemática de los mosquitos en la provincia de Almería a un colega en el Oriente Medio debo confesar que no daba crédito a mis palabras, porque la idea predeterminada era que yo provenía de una zona desértica industrializada donde la ausencia de estos insectos estaba garantizada. En este caso por desconocimiento y en otro por la cotidiana actualidad nacional, lo cierto es que los mosquitos se han visto alejados de la atención personal hasta cuando nos vemos afectados, haciendo bueno el proverbio popular de que “solo nos acordamos de Santa Bárbara nada más que cuando truena”.

Sea por una u otra razón, lo cierto es que los mosquitos están distrayendo la atención de los almerienses de a pie, atención que como decía pensaba que se  encontraba fijada en la actualidad nacional protagonizada por la crisis económica que ha abocado a la intemperie de muchos ciudadanos, al desempleo a bastantes trabajadores y a abandonar proyectos de futuro a muchas ciudadanas y ciudadanos que hasta hace poco opinaban hallarse ante un halagüeño horizonte en el que se multiplicaban proyectos personales.

En los estertores del franquismo se extendió la especie de que se soltaba a El Lute o se fomentaba el footbal para distraer la atención de las españolitas y los españolitos de a pie, y ahora yo no sé a quién habría que atribuirle una intencionalidad similar con la proliferación de mosquitos en la desértica provincia de Almería, que para quien haya tenido la suerte de vivir en el desierto, en la más exacta acepción del término, la quietud ambiental en toda su dimensión proyecta sobre  la personalidad del individuo un estado absolutamente opuesto al revulsivo de esta civilización desarrollada.

Tal vez haya sido por la  climatología atípica que hemos vivido este invierno y primavera lo que haya producido una sensibilización mayor en la población en cuanto a los mosquitos, toda vez que periódicamente año tras año nos hemos asociado por esta época con las lámparas, sonidos u otros artilugios más comunes como las pomadas, las pastillas o los repelentes líquidos para alejar a los mosquitos de nuestro hábitat. Posiblemente haya incidido también en esta hipersensibilización la crisis económica de la que se pretendía abstraer para causar el total efecto contrario. En fin, se escapa algo la causa pero lo cierto y verdadero es que esta primavera, y posiblemente este verano, los mosquitos están campando por sus respetos en las mentes humanas.

Y se ha incrustado en las mentes humanas de tal manera que ha provocado un cierto olvido de cuando se caminaba por el Paseo Marítimo, se fresqueaba en una terraza, se practicaba deportes como footing o ciclismo, se descansaba tras una activa e intensa jornada laboral y la intolerable intromisión del insecto se hacía presente. Unos años más y otros menos pero estos insectos siempre han convivido con los almerienses de casi todas las comarcas, más intensamente en la del Poniente Almeriense que es una zona eminentemente salinera con múltiples humedales como también en la del Levante Almeriense que no tiene la característica de ser salinera pero sí albergar humedales.

El atipismo de este año es que el mosquito se ha convertido en un arma política arrojadiza contra el adversario político, y ello ha provocado en el mosquito otra dimensión que si él fuese consciente quedaría entre exhausto y anonadado.

La mayor incidencia en la conciencia del almeriense ha sido provocada por su utilización política, pero no es menos cierto que ha tenido otra vertiente, como es su penetración en zonas hasta ahora prohibitivas so pena de perecer como son los invernaderos y  que en esta ocasión ha entrado en las zonas invernadas con total impunidad y en un hábitat inimaginable para él como ha gozado de la grata compañía de otros insectos que han sido empleados para combatir las plagas en los productos hortofrutícolas, en el contexto de la comúnmente denominada lucha biológica.

En mi opinión, no ha sido este año el incremento del número de mosquitos que se ha producido este año sino que su mayor incidencia se ha debido a la penetración en las zonas invernadas que otros años estaban exentas de estos insectos por los insecticidas que en ellas se echaban y que este año su cambio por insectos para combatir las plagas en los cultivos ha provocado  la intromisión del mosquitos en los invernaderos.

La convivencia de la ciudadanía con los mosquitos ha sido una constante en el pasado, pero ocurría que solo los padecían en los lugares de ocio o descanso y no de actividad profesional que contenían la barrera del aire acondicionado con las ventanas y puertas cerradas a cal y canto en un ambiente inhóspito para el insecto. La peculiaridad de este año es que el mosquito ha entrado en los invernaderos y su convivencia se ha hecho altamente molesta, como se puede observar por cuanto lo ha sido o está siendo durante toda la jornada laboral que no es precisamente una jornada laboral estandarizada y común a la entendida sino que la estira en el tiempo el curtido hombre de la tierra y encima en un microclima en el Poniente Almeriense que no es ciertamente confortante.      

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