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Torrente, catedrático

Antonio Guerrero

Aunque aún no he visto la película —cosa que voy a hacer pronto— me permito hacer una pequeña reflexión previa sobre lo que Torrente podría enseñarnos. Además propongo título, el de este artículo, para la próxima película de la saga en la que me ofrezco con extra. No sería la primera vez, por cierto, que he desempeñado ese roll. En concreto, ya lo fui en una película de Martín Cuenta. Volviendo a torrente…A priori, y sin spoilers ni traumatismos morales, creo que el éxito de la película no es casualidad: Torrente nos da una clase magistral. Nos dice, entre risas y meteduras de pata, que estamos tan contaminados de veneno y rencor que no vemos más allá de nuestra mordedura de polarización. Y eso, amigos míos, no es precisamente buena noticia para una democracia. Desde un enfoque filosófico, podemos recordar a Kant, que nos animaba a pensar más allá de nuestras pasiones, y a Hannah Arendt, quien veía en la capacidad de juicio independiente la savia de la vida política. Torrente, precisamente nos dice esto: que debemos hacer un esfuerzo por oír al otro. Pero no lo dice con discursos académicos sino con su humor grotesco y su ética de la torpeza. Con ello nos recuerda que el antídoto contra la polarización no es el sermón solemne, ni la indignación de manual, sino la risa. Como el amor contrarresta el odio, la carcajada contrarresta la tentación de encerrarnos en bandos irreconciliables. Además este film es una invitación, creo, a bajar a los suburbios de la realidad. Y me sirve de ejemplo porque cuando me siento en una cafetería y escucho a la gente charlar, veo con claridad que todos coinciden en lo fundamental. La polarización surge cuando aparecen las siglas. Lo que quiere la gente es que los políticos hablen de ellos y no al revés. Por eso, Torrente, catedrático del absurdo, nos enseña que podemos reírnos de todo esto y  mirar nuestras contradicciones sin solemnidad porque es la única forma de darnos cuenta de lo absurdos que hemos terminado siendo todos.

En definitiva, antes de ver la película, parece que Torrente nos da lecciones magistrales: sobre tolerancia, sobre la necesidad de despolarizarnos, y sobre cómo la risa, en tiempos de veneno, puede ser casi un acto filosófico. Porque si la democracia se alimenta de diálogo, Torrente nos recuerda que el humor puede ser su mejor suplemento vitamínico. O eso creo antes de ver la película.

Sumario: Torrente nos enseña, con humor grotesco, que la polarización y la intolerancia contaminan nuestra democracia.…….……………….

Antonio Guerrero Ruiz es Doctor en Filosofía. Profesor UNED, Presidente Filosofía en la calle, Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH

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