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Cuando el ciudadano se cansa de la política

Antonio Guerrero

“No me interesa la política”. La frase se repite con una naturalidad inquietante. No suele pronunciarse con rabia, sino con cansancio. Más que indiferencia, lo que expresa es una retirada: la sensación de que participar no sirve, de que nada cambia. Pero esta dejadez no surge de la nada; es el resultado de un proceso largo y compartido.

Hannah Arendt entendía la política como el espacio donde los seres humanos actúan juntos y se reconocen como iguales. Cuando ese espacio se vacía de sentido, cuando la palabra ya no tiene consecuencias y la acción no transforma, el ciudadano deja de aparecer en lo público. No porque no le importe lo común, sino porque siente que ha sido expulsado de él.

Ese sentimiento conecta con lo que Spinoza llamaba las pasiones tristes: emociones que disminuyen nuestra capacidad de actuar. La impotencia, la desconfianza y el miedo no solo desmovilizan, sino que facilitan el gobierno. Un ciudadano convencido de que nada depende de él es más fácil de administrar que uno movido por la esperanza.

Byung-Chul Han describe esta situación como el efecto del cansancio contemporáneo. Nunca se ha hablado tanto de política y nunca se ha hecho tan poco. Opinamos, reaccionamos, nos indignamos en redes sociales, pero esa hiperexpresión no se traduce en acción colectiva. La política se convierte en consumo emocional, confirmando la intuición de Guy Debord: cuanto más se convierte en espectáculo, menos es vivida como experiencia real.

Sin embargo, cuando se pregunta a la gente qué le gustaría que cambiara, las respuestas son sorprendentemente lúcidas: más escucha, menos mentira, más participación, menos marketing. No se reclama solo un relevo de nombres, sino un cambio profundo en la forma de relacionarnos con lo político. El ciudadano no quiere ser espectador, quiere volver a ser agente.

Sócrates advertía que desentenderse de la política no nos libra de sus efectos; solo garantiza que otros decidan por nosotros. La dejadez no es neutral. Cuando el ciudadano se retira, el espacio común no queda vacío.

Tal vez el desafío no sea devolver la fe en las instituciones, sino reconstruir la política desde abajo, como práctica cotidiana, como conversación honesta, como cuidado compartido. Allí donde alguien vuelve a pensar con otros, sin cinismo, la política —todavía— puede empezar de nuevo. O eso creo.

Sumario: La dejadez política no es apatía, sino cansancio e impotencia. La filosofía ayuda a entender por qué el ciudadano se ha retirado del espacio público.

Antonio Guerrero Ruiz

Doctor en Filosofía. Profesor UNED

Presidente Filosofía en la calle

Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH

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