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El síndrome del incompetente

Antonio Guerrero

Este síndrome describe una idea sencilla: cuando una persona asume un cargo o una responsabilidad sin estar preparada da el primer paso hacia la corrupción. Con esto no solo se expone al error, sino que puede hacer que todo el sistema funcione peor. En marco en el que esto ocurre es el de la meritocracia. Esta se presenta como un sistema justo, donde cada uno llega arriba por sus méritos. Pero en la práctica, muchas veces los “méritos” no reflejan la verdadera capacidad, sino algo que se puede conseguir, acumular o incluso comprar. En este contexto aparece la mediocridad no como falta de capacidad individual, sino como sistema. La mediocridad no siempre expulsa al brillante de forma directa; muchas veces lo hace de forma más sutil. Se crean reglas, procesos y evaluaciones que parecen objetivas, pero que acaban favoreciendo a quienes saben adaptarse al sistema, no necesariamente a quienes destacan de verdad. De este modo, la meritocracia puede funcionar, en algunos casos, como un subterfugio de la mediocridad.

Esto se ve en distintos ámbitos. En algunas universidades, el acceso o la progresión pueden estar influidos por factores económicos o administrativos que no siempre reflejan el verdadero nivel intelectual. En la política el cargo es un logro remunerado no una responsabilidad ni una carrera profesional. En las empresas, ocurre algo parecido: el ascenso no siempre premia al más capaz, sino al que mejor encaja en la estructura o sabe moverse dentro de ella.

El resultado es un desplazamiento silencioso: los más preparados pueden quedar en segundo plano, mientras ascienden perfiles más adaptados al sistema, aunque menos brillantes.

Esta visión recuerda a Ramón del Valle-Inclán y su idea del esperpento en Luces de Bohemia. En el esperpento, la realidad se ve deformada como en un espejo roto: lo valioso pierde su lugar natural y lo absurdo se vuelve normal. El síndrome del incompetente, visto así, es un esperpento moderno: un sistema que dice premiar el mérito, pero que a veces confunde mérito con apariencia, y capacidad con adaptación al sistema.

Al final, el problema no es solo quién llega arriba, sino qué tipo de sistema estamos construyendo: uno que deja brillar al que tiene talento, o uno que aprende a medir el brillo con reglas que pueden ser manipuladas. Lo peor es que esto a nadie le preocupa ya. Se ha naturalizado y normalizado.

Sumario: “El primer paso de la corrupción es aceptar un trabajo para el que uno no está preparado.” — Anónimo…….……………….

Antonio Guerrero Ruiz

Doctor en Filosofía. Profesor UNED

Presidente Filosofía en la calle

Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH

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