Manuel Pozo Oller es Párroco de Montserrat

Querido/a lector/a, al comienzo de la Cuaresma me atrevo a proponerte, a «entrar con decisión» en este tiempo litúrgico para seguir profundizando en tu vida espiritual a fin de ser «generosos y dar a Dios todo lo que pida» (cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales.)
El I domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús en el desierto (cf. Mt 4,1-11). Todavía chorrea en su cabeza el agua del bautismo de Juan en el Jordán y el eco de la voz del Padre, que le llamó “mi Hijo amado”. El Espíritu, presente en el bautismo, ahora le lleva al desierto «para ser tentado por el diablo». Los cuarenta años que duró la peregrinación de Israel por el desierto en camino hasta la tierra prometida se resumen simbólicamente en los cuarenta días que Jesús pasa en el desierto.
Las tentaciones se encuentran esparcidas por todo el evangelio. San Mateo las agrupa en el pasaje que proclamamos este domingo situadas en el escenario del desierto. En este lugar árido y agreste se escenifica dramáticamente la gran confrontación entre el proyecto salvador del Padre y el antiproyecto presentado por el rival, el Satán del Antiguo Testamento (cf Job 1-2). En la prueba del desierto Jesús configura de modo paciente su mesianismo histórico.
Las tres tentaciones, en realidad, son una sola, pues la pretensión del tentador es hacer que Jesús reniegue de su condición de Hijo obediente del Padre. Es la tentación de un mesianismo fácil y triunfalista que acompañó a Jesús durante su vida terrenal y fue presentado como prueba, de manera dramática, en los momentos de agonía en la cruz.
En este pasaje, la tentación del tener, aparece en la petición de convertir las piedras en pan que, a la postre, consiste en buscar seguridad solo en lo material. La tentación del poder, se torna en adoración al diablo para obtener todos los reinos, que no es otra cosa que buscar el éxito a cualquier precio. La tentación de usar a Dios a nuestro antojo, en esa propuesta loca de tirarse del templo para que los ángeles lo salven, escenifica la manipulación de Dios para que actúe de modo espectacular y así satisfacer nuestros deseos.
El desierto espiritual es un tiempo de gracia y purificación. Es imprescindible pasar por él para dar fruto: «Es preciso pasar por el desierto y permanecer en él para recibir la gracia de Dios. Allí, uno se vacía y se aparta de todo lo que no es Dios desalojando completamente esa pequeña casa de nuestra alma, a fin de dejar únicamente a Dios todo el espacio… Es un tiempo a través del cual debe pasar necesariamente toda persona que desee dar fruto» (Carlos de Foucauld, Carta 19/05/1898).
Manuel Pozo Oller es Párroco de Montserrat








