Antonio Guerrero
La votación reciente del Congreso sobre el burka y el debate público sobre el hiyab evidencian una contradicción profunda en las democracias occidentales: se pretende ser feminista y progresista, pero se toleran prácticas que institucionalizan la desigualdad de género en nombre de la diversidad cultural. Para ser honestos y antes de reflexionar, quizás haya que escuchar a las feministas musulmanas. Muchas llevan décadas luchando contra el patriarcado islámico, contra el velo obligatorio y contra la dominación del cuerpo femenino. Sus voces son feministas desde dentro, no coloniales ni eurocéntricas. Sin embargo, en nuestro país no son oídas. Y su lamento convive con la prohibición del piropo callejero que se considera más machista que la imposición cultural (no religiosa) del burka y el hiyab. Si queremos ser honestos con la inteligencia esto supone una gran incoherencia. Permitir uno y prohibir otro, en un mismo entorno democrático no es progresista; es relativismo moral e hipocresía; y supone renunciar a las reivindicaciones del feminismo islámico. Filosóficamente, el feminismo debe ser universalista. Simone de Beauvoir mostró que la opresión femenina trasciende culturas. Amelia Valcárcel y Celia Amorós recuerdan que la igualdad no admite excepciones culturales: los derechos dependen de su universalidad. Pero el multiculturalismo acrítico confunde respeto con legitimación de jerarquías patriarcales. Charles Taylor y Nancy Fraser advierten que reconocer culturas no puede justificar sus desigualdades internas. Desde la filosofía política, Kant y Rawls sostienen que los principios de justicia deben aplicarse universalmente. Si es injusto controlar simbólicamente a una mujer en España, no se puede justificar un control corporal total en nombre de la cultura. Hannah Arendt enfatizó que la política requiere aparición pública. El burka es una tecnología de desaparición del sujeto femenino en lo común; una democracia que lo acepta tolera sujetos de segunda categoría. Por eso, defender el burka o el hiyab como progresistas no es emancipador, sino conservador. Un feminismo con excepciones culturales no es feminismo: es colonialismo moral inverso. Y eso es muy peligroso. Cuando se invierten los términos en nombre de buenas intenciones creamos falsos dogmas que terminan apoderándose de nosotros y oscureciendo la razón. ¡Cuidado¡.
Sumario: Si el feminismo no es universal, no puede ser feminismo. La lucha de las mujeres de antaño quedará en el olvido
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Antonio Guerrero Ruiz es Doctor en Filosofía. Profesor UNED, Presidente Filosofía en la calle, Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH








