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MIRAD LA VIDA QUE A LA MUERTE ESPANTA

Por Manuel Pozo Oller

Al retomar mi colaboración en este medio quiero felicitar a mis lectores con la aclamación pascual: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Atrás ha quedado una semana intensa de celebraciones.  Por delante tenemos cincuenta días para prolongar la fiesta central de la fe que es la Resurrección de Jesucristo.

Con el acontecimiento de la Resurrección, en este domingo denominado en la liturgia “in albis” en recuerdo de las vestiduras blancas de los catecúmenos, se inaugura la celebración de la Pascua semanal que celebramos cada domingo, día del Señor glorioso y resucitado. El Papa Juan Pablo II asignó a este domingo el título de Domingo de la Misericordia.

La proclamación de la Palabra en este II domingo de Pascua (Jn 20, 19-31) nos describe dos escenas de aparición del Resucitado. La primera escena (vv.19-23) describe la situación de los discípulos atenazados por el miedo y recluidos «con las puertas cerradas». La presencia del Resucitado, sin mediaciones físicas, subraya su condición glorificada y sus palabras de paz ponen orden en su ánimo malherido al tiempo que trasmiten sosiego a sus espíritus confundisos por la pérdida del Maestro y la inceridumbre del futuro.

En esa situación desesperanzada se hace presente el Resucitado. No es un fantasma: «les enseñó las manos y el costado», es decir, aquel que fue crucificado el Padre le resucitó. Inmediatamente Jesús gloriosos les recuerda su vocación de testigos y les envía: «como el Padre me ha enviado, así os envío yo». La fuerza que sostendrá a los discípulos no son sus propias fuerzas sino el Espíritu Santo que el Resucitado concede a los suyos exhalando el aliento como signo de vida como aparece en los pasajes de Gn 2,7 y Ez 37.

En la seguna escena (vv. 24-29) la incredulidad de Tomás es paradigma de tantos que cuestionan la fe y en su ceguera espiritual tampoco se fían de los testigos que tachan de ingenuos y crédulos. El evangelista al recoger esta situación y poner por escrito, a buen seguro, pensaba en tantas personas que necesitan “pesar, medir y contar” para creer. El terco Tomás cae rendido ante la evidencia exclamando: «¡Señor mío y Dios mío!». La bienaventuranza con la que culmina el relato es un piropo para los que a lo largo del tiempo han amado y seguido a Cristo Resucitado: «Dichosos los que crean sin haber visto».

La memoria de la Resurrección coincide en los pueblos del mediterráneo con la primavera donde la naturaleza estalla con signos que anuncian la vida y los frutos. Es un tiempo hermoso para gozar con la Resurrección y colaborar con el Dios de la Vida en la construcción de un mundo renovado por la misericordia y el compromiso por la paz.

Manuel Pozo Oller

Párroco de Montserrat

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