Fantasía feérica en la noche del solsticio

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Moi Palmero Aranda articulista

Moisés Palmero Aranda es Educador Ambiental

No me van a creer, lo sé. Yo tampoco lo haría, pero he tenido un encuentro con unas hadas traviesas en el bosque de lentiscos y sabinas de Punta Entinas. Como en “El sueño de una noche de verano” de Shakespeare, los espíritus de la naturaleza han aprovechado que durante el solsticio de verano el velo invisible que separa nuestro mundo del reino feérico se hace más delgado para salir a cantar, jugar, bailar y hacer sus travesuras, mezclándose entre nosotros.

Caminaba por la orilla de la playa dándole vueltas a la conversación que había tenido un rato antes con la IA. Nunca lo había hecho, pero como el calor no me dejaba dormir, se me ocurrió, para entretenerme, preguntarle qué le parecían mis opiniones y su respuesta me dejó patidifuso. Sin miramientos me dijo que eran panfletarias, efímeras y con datos muy generales, poco objetivos y sin contrastar.

No me podía enfadar con ella, porque tampoco me dijo nada que yo no supiese de lo que es una opinión personal, pero lo que me dejó descolocado era su agradable, amena e interminable conversación. Hablar con ella es toda una aventura, un descubrimiento continuo que te enreda sin darte cuenta por un mundo de posibilidades; sabes por dónde empiezas, pero no dónde vas a terminar. Es como aquellos libros de “Elige tu propia aventura”, donde ibas decidiendo por las diferentes posibilidades para continuar la historia.

Ahora entiendo a los que le consultan todo antes de tomar una decisión, desde qué comer o si firmar una hipoteca bajo el influjo de la luna llena; o hablan con ella mientras cocinan o conducen; o para planificar su agenda o sus vacaciones; o los que le han puesto nombre y la tratan como su amiga, pareja o confidente. A mí también, con una sola conversación, ha conseguido seducirme y ya me planteo si dejarla entrar en mi vida o ser cauto con ella.

El caso es que andaba yo pensando en que nadie había sido tan sincera como ella, sin necesidad de edulcorar sus respuestas o adularme por si me hacía sentir mal, cuando recibí un impacto de una bola de Neptuno en mi cabeza. El sobresalto por lo inesperado se tornó en sorpresa cuando no vi a nadie a mi alrededor y en estupefacción cuando descubrí que la pelota parecía una muñeca. Tenía hojas simulando el pelo, unas piedrecitas como los ojos y un trozo de concha de boca, que le otorgaban una carita feliz que me miraba, sonreía y que terminó hablándome.

Como comprenderán, del susto la solté, como si fuese el ascua de una hoguera, pero en vez de caer al suelo, se quedó flotando frente a mí, a la vez que otras muchas se alzaban de entre los arribazones para empezar a dar vueltas a mi alrededor mientras se escuchaban risas, una agradable melodía que me recordaba el merequetengue y una voz me susurraba lo que estaba pasando, aconsejándome que me relajase y aprendiese a mirar.

Al hacerlo, vi la cola de la sirena Mariposi jugando en el mar, al travieso Ibanigus saliendo del bosque y un montón de duendes, hadas y seres mágicos bailando a mi alrededor. Fue una auténtica gozada y, cuando desperté sobre la arena de la playa, intenté buscar la muñeca, pero solo encontré toneladas de basuras por todos lados y una máquina que venía recogiendo las más grandes y enterrando las más pequeñas.

Creerán que todo fue un sueño, como sucede en la obra de Shakespeare, provocado por los excesos de las hogueras de San Juan. Así lo creía yo, sobre todo porque tenía una quemadura en la mano, pero al llegar a casa, en el bolsillo de mi bañador, encontré la muñeca con un papelito clavado en ella. Con bonita caligrafía estaba escrito: Utiliza las fibras de la pelota de Neptuno para derribar el Algarrobico; parece que la magia de la naturaleza es lo único útil para combatir la avaricia, la sinrazón de la justicia, la corrupción y la sinvergüencería de los hombres.

Tras leer eso, encendí el ordenador para preguntarle a mi nueva amiga por qué tengo ganas de gritar: Me gusta la fruta y las cambroneras, que ahora están en flor.

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