Inicio / Opinión / La cultura de la reclamación

La cultura de la reclamación

Antonio Guerrero

Hay una escena cada vez más frecuente en la vida pública española. Ante cualquier problema, la primera reacción suele consistir en preguntar quién tiene la culpa y quién tiene que solucionarlo. La pregunta es legítima. Pero quizá haya otra igual de importante que hacemos con menos frecuencia: ¿qué responsabilidad tengo yo en todo esto?

La cultura democrática ha supuesto una conquista extraordinaria. Nunca antes los ciudadanos habían sido tan conscientes de sus derechos ni habían dispuesto de tantos mecanismos para exigir su cumplimiento. Sin embargo, junto a este avance parece haberse desarrollado una tendencia que merece reflexión: la creciente sustitución de la responsabilidad por la reclamación.

Reclamar es necesario. Las sociedades libres se construyen sobre ciudadanos capaces de exigir justicia y transparencia. El problema surge cuando la reclamación se convierte en el único lenguaje moral disponible. Para Aristóteles, vivir en una polis no consistía solo en disfrutar de derechos, sino en contribuir al bien común. Ser ciudadano implicaba participar, asumir cargas y aceptar que la vida colectiva exige algo de cada uno. Hoy parece haberse extendido una lógica diferente. Esperamos que las instituciones resuelvan nuestros problemas, que la administración atienda nuestras demandas y que alguien se haga cargo de las dificultades que encontramos en nuestro  propio camino.

Las redes sociales han amplificado esta dinámica. Nunca fue tan sencillo denunciar, exigir, señalar o reclamar. Opinar resulta más fácil que comprometerse; indignarse exige menos esfuerzo que participar.

Por supuesto, la responsabilidad no puede convertirse en una excusa para justificar las deficiencias de los poderes públicos. Los gobernantes tienen obligaciones que deben cumplir. Pero una democracia madura necesita algo más que instituciones eficaces: necesita ciudadanos conscientes de que la sociedad no es un servicio que consumimos, sino una realidad que construimos entre todos.

Quizá la cuestión decisiva no sea si reclamamos demasiado o demasiado poco. La verdadera pregunta es otra: si hemos olvidado que toda exigencia legítima lleva asociada una responsabilidad. Porque una ciudadanía fuerte no se define solo por lo que demanda, sino también por aquello que está dispuesta a aportar.

Sumario: Necesitamos ciudadanos y no solo reclamantes

.……………………..

Antonio Guerrero Ruiz es Doctor en Filosofía. Profesor UNED, Presidente Filosofía en la calle, Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *