Antonio Guerrero
En la mitología griega, Procusto tenía una posada muy peculiar. Ofrecía alojamiento a los viajeros, pero con una condición: debían acostarse en una cama de hierro diseñada para una única medida. Si el huésped era más alto, Procusto le cortaba los pies; si era más bajo, lo estiraba hasta hacerlo encajar. La obsesión era que todos se ajustaran exactamente al mismo molde. A veces da la impresión de que algo parecido ocurre hoy en las redes sociales. Estos espacios, que en principio nacieron para ampliar la conversación pública, se han convertido con frecuencia en escenarios donde el insulto y la descalificación aparecen con demasiada facilidad. En parte, esto sucede porque el odio funciona como una especie de enfermedad social. Quien odia no siempre sabe con claridad por qué lo hace. La persona se deja llevar por la corriente de su propio grupo, por una narrativa compartida o por la sensación de que el otro representa una amenaza para sus ideas o su identidad.
Cuando esa percepción aparece, el adversario deja de ser simplemente alguien que piensa distinto y pasa a convertirse en alguien que debe ser combatido. En el fondo, esta dinámica recuerda al llamado síndrome (también el mito) de Procusto, una actitud que describe a quienes no toleran que otros piensen diferente o destaquen de alguna manera. Ante la diversidad de ideas, en lugar de aceptar la pluralidad, se intenta reducir al otro, desacreditarlo o hacerlo encajar por la fuerza en el propio marco mental. Por eso no resulta extraño que hoy se esté intentando analizar el fenómeno del odio digital. En España se ha presentado recientemente la herramienta HODIO, un sistema que pretende medir la presencia de discursos de odio y polarización en las redes sociales. La idea es observar cómo se difunden estos mensajes y hasta qué punto condicionan el debate público.
Como ocurre con cualquier iniciativa de este tipo, el debate es inevitable. Herramientas así deben afinarse con el tiempo, ajustar sus indicadores y evitar interpretaciones simplistas. La idea de intentar medirlo puede ser un primer paso para comprenderlo. Tal vez el verdadero reto de nuestro tiempo sea aprender a convivir con la diferencia sin recurrir a la vieja cama de Procusto. Porque una democracia sana no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que nadie intenta cortar los pies al que simplemente piensa distinto.
Sumario: El odio en redes actúa como un síndrome de Procusto, y HODIO puede ayudar a medirlo de forma imparcial.…….……………….
Antonio Guerrero Ruiz es Doctor en Filosofía. Profesor UNED, Presidente Filosofía en la calle, Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH








