Hace 23 días, mi hija de 16 años vivía en un aislamiento casi total dentro de casa. Durante casi dos años, su vida sucedía tras la puerta de su habitación, saliendo solo para comer e ir al baño. No interactuaba con el resto de la familia y, si lo hacía, era de forma «no amigable», por decirlo de alguna forma. Siempre estaba con el móvil: en redes sociales, viendo vídeos de YouTube, escuchando música o jugando.
Como madre, sabía que si intentaba imponer una prohibición directa, la respuesta sería una rebelión inmediata; ya lo intenté en varias ocasiones y fue un fracaso. La confrontación solo levanta muros más altos. Por eso, ideé una «artimaña» surgida de un evento casual y no programado: una estrategia para que ella percibiera que la falta de móvil no era una orden mía, sino una circunstancia externa inevitable.
Al pensar que no había otra opción, no hubo rebelión.
Los resultados del «cambio forzado pero aceptado»
Los primeros días seguía metiéndose en la «cueva», sin salir. Tenía mal humor y una cara de «mala leche» que daba miedo; protestaba por todo, pero como se aburría, tardó solo dos días en empezar a asomar por otras estancias de la casa.
Empezó viniendo a la sala a ver la tele. Al principio intentaba que fuese en momentos en los que no estábamos el resto de la familia, pero claro, con un hermano pequeño de 7 años es difícil encontrar esos momentos, y no tardó en darse cuenta de que era casi imposible.
Antes de completar la semana, mi hija empezó a jugar con su hermano al ajedrez por las tardes. Le pidió a su abuela que la enseñase a jugar a las cartas y ahora juegan juntas a la brisca muchos días. Dentro de su «cueva», sin su móvil, se aburre.
Los cambios más significativos han ido sucediéndose de forma correlativa después. Empezó a ver películas conmigo y a llamarme para ver juntas «Pesadilla en la cocina», hasta el punto de que, si me veía con el móvil, me reñía porque quería que lo viese con ella y no perdiese detalle. La verdad es que nos hemos reído mucho.
Cuando digo que no salía del cuarto es literal, y quien tiene un hijo adolescente sabe que lo que digo puede llegar a ser cierto. A día de hoy, mi hija viene conmigo al supermercado a hacer la compra; increíble.
Una de las anécdotas para mí más impactantes tuvo lugar el fin de semana del 7 y 8 de febrero: el viernes 6 se puso a estudiar para un examen por la tarde. Cuando la vi, pensé que estaba soñando, pero para más inri, se levantó el sábado por la mañana y lo primero que hizo fue ponerse a estudiar. Para que viese sus avances, me pedía que le preguntase la lección, hoja en mano, y ella recitando como un loro. ¡Pellizcadme!
Anoche me decidí a escribir este artículo mientras mi hija y yo, juntas, sentadas en el sofá, mirábamos todas las posibilidades de estudio después de 4º de la ESO. La verdad es que es para verlo y vivirlo; mi marido está alucinado con lo que ha cambiado en 23 días.
He de decir que ahora estoy un poco perdida en cómo continuar con esto. Ella ya me ha pedido varias veces que vayamos a por el móvil, y soy consciente de que no puedo aislarla de sus amigas, que se comunican a través de sus aplicaciones. Estoy estudiando posibilidades para no fastidiar los progresos conseguidos.
23 días… se dice pronto, pero qué cantidad de cosas han sucedido en ellos.








