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SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

AMOR TERAPÉUTICO

Por Manuel Pozo Oller

Celebramos este domingo la solemnidad de la Santísima Trinidad. Atrás quedan cincuentas días de contemplación del misterio de la resurrección con hermosas celebraciones pascuales. En este domingo, después del acontecimiento de Pentecostés, la Iglesia nos propone contemplar el misterio de Dios tal como Jesucristo lo ha revelado: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunión/comunidad eterna de amor. Un Dios que, a pesar de la historia de desamor de la humanidad, ama a la obra de sus manos y no le deja a su suerte, sino que «entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». En esta explosión expansiva del amor se muestra/revela plenamente el misterio de Dios trino.

El evangelio que se proclama en nuestras asambleas este domingo (Jn 3,16-18) es de difícil comprensión, si olvidamos el contexto en el que se pronuncia. Nicodemo quiere conocer a Jesús y se encuentra con él en la noche. Ambos dialogan en busca de la verdad. El telón de fondo de la escena es el trasfondo de la expulsión de los mercaderes del templo y el revuelo que supuso este hecho donde Jesús relativizó la sacralidad absoluta del templo y la ley mosaica.

Al final del diálogo de Jesús con Nicodemo, el evangelista añade, un monólogo reflexivo donde muestra que la iniciativa amorosa de salvación es de Dios que envía a su Hijo al mundo: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen él, sino que tengan vida eterna»

El método divino de salvación no es otro que el amor que no conoce medida y que supera toda ley humana. La expresión vida eterna aparece diecisiete veces en el evangelio joánico donde el adjetivo eterna aporta a la vida una singularidad, que en palabras del filósofo existencialista cristiano Gabriel Marcel, significa que «amar a alguien es decirle: tú no morirás». Esta historia de experiencia de amor y perdón, el evangelio subraya, que no se deja para el más allá, sino que es una vivencia que podemos gozar ya aquí y ahora. La vida eterna se verifica en el tiempo, en cuanto participación del discípulo/creyente en la misma vida del Hijo, aunque la plenitud acontezca en el momento del encuentro con el Señor.

El amor es terapéutico. No hay mejor medicina que sentirse amado por Dios que «no mandó a su Hijo al mundo para condenar (…) sino para que el mundo se salve por él». ¡Cuántos sufrimientos nos ahorraríamos si estuviéramos convencidos de este amor radical de Dios que ama y perdona sin condiciones!

La vocación contemplativa refleja de modo excelente el misterio trinitario que celebramos hoy.

Manuel Pozo Oller es el Párroco de Montserrat

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