Por Jordi Van Oostenryck esDirector de Marketing de Underwater Gardens International
| Canarias, Baleares o Barcelona llevan años en el centro del debate sobre los límites del turismo. Manifestaciones, restricciones, tensiones por la vivienda y la capacidad de carga de los territorios. Pero quizá estamos formulando mal la pregunta. El problema no es cuántos visitantes recibimos, sino si el modelo que hemos diseñado mejora el lugar que pisa o simplemente extrae valor de él.Durante décadas, nos conformamos con hablar de Turismo a secas, y luego nos abrazamos al salvavidas del Turismo Sostenible. Nos vendieron —y compramos— la idea de la neutralidad: visitar un lugar intentando que nuestra presencia fuera invisible. Era un pacto de no agresión, un intento de equilibrio utópico. Pero seamos honestos ante la evidencia: en el contexto climático actual, el «daño cero» ya no es un mérito; es el estándar mínimo para no colapsar. La sostenibilidad fue nuestro techo durante años; hoy es nuestro suelo. Su función es parar el golpe, evitar que la herida sangre más, pero no la cura. Si te quedas ahí, simplemente cumples. No aportas.El verdadero salto cualitativo es hablar de valor neto positivo. Y eso nos lleva al turismo regenerativo. Regenerar no significa compensar ni maquillar impactos. Significa intervenir activamente para mejorar la salud ecológica del destino. Si una infraestructura turística no aumenta la biodiversidad local respecto a cómo la encontró, no es regenerativa. Si una actividad económica no contribuye a restaurar ecosistemas degradados, no está transformando el modelo: lo está perpetuando.Un destino no es un decorado. Es un organismo vivo con constantes vitales medibles: biodiversidad, calidad del agua, resiliencia climática, equilibrio social. Diseñar turismo regenerativo implica trabajar con ciencia, restauración ecológica, datos y planificación territorial rigurosa. Implica pasar de la conservación pasiva a la restauración biológica activa.En Underwater Gardens International trabajamos precisamente en esa intersección entre actividad económica y regeneración ecosistémica, aplicando ciencia marina, innovación y biotecnología para aumentar la biocapacidad de los territorios costeros. No se trata de reducir el daño. Se trata de mejorar el sistema.Ahora bien, percibo en mi opinión una confusión habitual entre lo regenerativo y el Turismo Generativo, y es crucial matizarlo. No son lo mismo, pero se necesitan. Mientras lo regenerativo mira a la biología, lo generativo se ocupa de la vitalidad del sistema socioeconómico. Y cuidado, no es solo un tema financiero o de «dinero local». Hablamos de diseñar modelos donde la comunidad anfitriona no sea un mero decorado, sino un agente activo con capacidad de decisión y gestión. Lo generativo crea las condiciones sociales, culturales y económicas para que la vida prospere. Es la base operativa que evita que el turismo sea una industria extractiva y la convierte en una red distributiva de bienestar.Pero la evolución no termina ahí. La vanguardia científica apunta hacia un cambio aún más profundo: el turismo biocéntrico.Puede sonar abstracto, pero es una transformación operativa muy concreta. Significa dejar de diseñar destinos poniendo al visitante en el centro y comenzar a diseñarlos poniendo a la biodiversidad como prioridad absoluta. El turismo deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en una herramienta al servicio de la regeneración ecosocial.El reto profesional en 2026 ya no es encontrar la etiqueta más atractiva para el mercado, sino gestionar el territorio desde la ciencia de datos, la restauración ecológica y la gobernanza local. No se trata de elegir entre turismo sí o turismo no. Se trata de decidir qué tipo de sistema queremos activar. Si el modelo turístico no mejora los ecosistemas y no fortalece a las comunidades anfitrionas, seguirá siendo extractivo, aunque lo llamemos sostenible. La pregunta ya no es cómo minimizar el impacto. La pregunta es cómo garantizar que dentro de 30 años ese destino siga vivo. |








