Caminar hoy por nuestro Paseo de Almería es tropezar, literalmente, con la soberbia de quien confunde una mayoría absoluta con la posesión de la verdad. Lo que nos vendieron como la gran transformación de la arteria comercial principal de una ciudad moderna ha terminado siendo un laberinto de despropósitos. No es solo un error de diseño; es el símbolo perfecto de un equipo de gobierno que prefiere actuar como un rodillo antes que escuchar a los vecinos de la ciudad.
Desde el primer minuto, la gestión de este proyecto ha sido un ejercicio de funambulismo político. Recuerdo la seguridad inapelable con la que la concejal de Urbanismo, Eloísa Cabrera, nos aseguraba desde la televisión pública que este proyecto estaba «muy bien estudiado y planificado» y que contaban con todas las «garantías y certezas». Sin embargo, la realidad —esa que no entiende de consignas de partido— se ha encargado de desmontar losa a losa este triunfalismo. ¿Dónde quedó esa «excelencia» cuando se dieron cuenta de que sus parterres faraónicos impedían que la Semana Santa o la Cabalgata de Reyes transcurrieran con la grandeza y dignidad que merecen? Han tenido que rectificar a marchas forzadas, pasando del «espectacular» al «vamos a recortarlos» con una agilidad que roza el ridículo.
Resulta difícil creer que mentes tan expertas en urbanismo no vieran que estas jardineras sobredimensionadas eran un obstáculo evidente para la vida pública y el paseo. Uno se pregunta si en el Ayuntamiento de Almería la opinión técnica ha sido amordazada por la consigna política, o si simplemente se ha impuesto esa máxima tan del Partido Popular de que «el que manda, no se equivoca; y si se equivoca, lo maquilla». Es alarmante que hayamos tenido que esperar a la presión social y al clamor de las asociaciones de vecinos y comerciantes para que el equipo de María del Mar Vázquez admita que, tal vez, la realidad de Almería no estaba reflejada en sus planos de despacho.
Mientras tanto, los meses de retraso se acumulan y el comercio local asfixia bajo una obra que parece no tener fin. Nos hablan de «empatía» mientras reparten bonos de consolación, ocultando que su incapacidad para prever lo obvio ha castigado la economía de quienes intentan con mucho esfuerzo levantar la persiana cada mañana. Esas mismas voces que en los plenos tildan de «demagogia» cualquier crítica —con una cada vez más evidente acidez que delata su nerviosismo— son las que ahora con un perfil bajo se ven obligadas a deshacer lo andado. El discurso ha virado del anuncio triunfalista a la excusa peregrina, pero el daño a la fisonomía de nuestro centro histórico ya es una herida abierta.
Almería necesita recuperar la ilusión, pero no la que se compra con infografías de colores, con foto sonrisas y anuncios variopintos, sino la que nace del respeto al almeriense. Este «Parterrazo» debe ser el último acto de una forma de gobernar de espaldas a los vecinos. No podemos permitir que conviertan nuestro patrimonio en un experimento fallido por pura cabezonería política, por la foto descubriendo una placa inaugural. Los almerienses han sido los que han provocado este cambio, a través de una sublevación tranquila pero fundamentada, de esas que se hacen desde la razón y el amor por esta ciudad, para exigir que Almería vuelva a ser para los almerienses y no solo para los que mandan. Almería ganó la partida frente a un equipo de gobierno que ha perdido la calle entre tanta ocurrencia e improvisación.








