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PASIÓN Y LIBERACIÓN

Por Manuel Pozo Oller

En la tradición de los evangelios sinópticos el relato de la transfiguración es la respuesta a la pregunta de Jesús a sus discípulos: «¿Quién decís que soy yo?» Pedro se adelanta para contestar: «Tú eres el Mesías, el hijo de Dios».  De esta confesión espontánea Jesús dirá que «ha sido revelada por mi Padre del cielo» (cf. Mt 16,13-20). Era difícil con las solas luces propias atinar en la respuesta en medio de un ambiente mesiánico triunfalista que deficulta grandemente ver en Jesús la imagen del siervo sufriente. San Mateo sitúa la  escena de la transfiguración, la que proclamamos en este II domingo de Cuaresma (Mt 17,1-9),  entre el primer anuncio de la pasión y resurrección (Mt 16,21) y el vaticinio del sufrimiento mesiánico (Mt 17,12).

Por esta razón, el pasaje de la transfiguración es una exhortación de urgencia, hecha de manera especial a Pedro, para que entienda a Jesús cuando habla de sus sufrimientos y de su muerte, contemplando en el fondo la gloria. Los discípulos no comprendían los anuncios de la pasión, se desconciertan al escuchar los mentados vaticinios. La transfiguración es una experiencia de aliento, para que los discípulos puedan recorrer el camino del Maestro y es, al tiempo, una exhortación, para realizar ese camino bajo el imperativo de la escucha tan propia del pueblo israelita como recuerda el Shemá Israel (“Escucha, Israel”). Tres discípulos tienen el privilegio de una experiencia singular que les sirve de iluminación sobre la verdadera identidad y el destino último de Jesús. La verdad es que no entendieron demasiado hasta el día de la resurrección. Recordemos la escena del Huerto de los Olivos  (cf. Mt 26,37).

En el pasaje aparece de nuevo «la voz de la nube», que ya se escuchó en el Bautismo  añadiendo el matiz de  «escuchadle» (v.5). Jesús revela a los discípulos su personalidad de Maestro en aquel lugar alto, considerado lugar sagrado y predilecto para el encuentro con Dios. Él es la plenitud de la Ley y los profetas. En el texto que comentamos, el rostro luminoso, las vestiduras blancas y la nube resplandeciente evocan el epidosdio del Sinaí. La aparición de Moisés y Elías representan la totalidad de la Escritura judía (La Ley y los profetas) que llegará a plenitud en Jesús.

En conclusión, en el acontecimiento de la transfiguración se manifiesta la gloria de Jesús y en Él se manifiesta la gloria de Dios que, misteriosamente une el sufrimiento y la gloria de Jesús a su acción redentora. El relato invita a superar la tentación de un mesianismo glorioso y fácil. La visión de la gloria, en el discípulo de Jesús, es preparación para aceptar el sufrimiento y la entrega sin medida a causa del Evangelio.

Manuel Pozo Oller es Párroco de Montserrat

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