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El español no quiere ser adulto

Antonio Guerrero Ruiz es Doctor en Filosofía

Existe una sensación silenciosa que atraviesa buena parte de la sociedad española contemporánea: el miedo creciente a asumir plenamente la adultez. No se trata solo de una cuestión económica o generacional, sino de una transformación cultural mucho más profunda. Nunca habíamos vivido tantos años y, sin embargo, nunca había parecido tan difícil aceptar las responsabilidades emocionales y existenciales de hacerse adulto. Durante décadas, ser adulto implicaba aceptar límites, asumir renuncias y convivir con la frustración. Había una cierta pedagogía del esfuerzo y una comprensión trágica de la vida. Hoy, por el contrario, parece haberse instalado una cultura de la adolescencia permanente. La sociedad entera comienza a organizarse alrededor de la satisfacción inmediata. Queremos entretenimiento constante, estímulos rápidos y validación continua. La espera se vive como agresión; el aburrimiento, como fracaso. Las redes sociales han acelerado enormemente esta transformación. Vivimos expuestos de forma continua a versiones idealizadas de la vida de los demás. Pero el problema no es tecnológico, sino filosófico: hemos empezado a construir identidades dependientes de la aprobación externa. El individuo ya no se define desde la introspección, sino desde la mirada ajena. Uno de los síntomas más visibles de esta infantilización colectiva es la creciente incapacidad para tolerar la frustración. Cada vez cuesta más sostener relaciones largas, proyectos lentos o ideas complejas. Todo debe ofrecer resultados inmediatos. La paciencia, que durante siglos fue considerada una virtud moral, parece hoy casi una anomalía cultural. Resulta significativo que el lenguaje público actual esté lleno de expresiones como “sentirse bien”, “fluir” o “evitar sufrir”. Conceptos legítimos, sin duda, pero que a veces esconden una idea peligrosa: creer que toda incomodidad debe desaparecer inmediatamente. La filosofía clásica entendía exactamente lo contrario. Para los estoicos o Aristóteles, madurar implicaba aprender a convivir con el límite sin derrumbarse. La fortaleza no consistía en evitar el sufrimiento, sino en desarrollar una estructura interior capaz de soportarlo. Esa es la clave de todo: la fortaleza interior.  Por todo esto tenemos que hacernos una gran pregunta: ¿qué nos espera si nuestra sociedad pierde la capacidad de hacerse adulta, si todos somos niños/as?

Sumario: La cultura de la satisfacción inmediata y la dependencia emocional están alejando cada vez más adultez

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Antonio Guerrero Ruiz es Doctor en Filosofía. Profesor UNED, Presidente Filosofía en la calle, Comité bioética Poniente y Observatorio Internacional OIDDHH

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