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JESÚS, CAMINO HACIA EL PADRE

 Por Manuel Pozo Oller

El texto evangélico de este domingo V de Pascua (Jn 14,1-11) es comienzo de los denominados discursos del adiós que ocupan los capítulos joánicos del 14 al 17. Estamos ante unos relatos de una riqueza cristológica evidente.

Arranca este primer discurso con una exhortación a creer, en el sentido de confiar en Dios y en Jesús. Este verbo será el eje sobre el que se construye el primer relato que se escribe para una comunidad que ya conoce la rutina diaria y la persecución. San Juan comienza su discurso recordando a sus oyentes/lectores la importancia de mantenerse firmes en la fe de tal suerte que las pruebas no lleven a «perder la calma» (v.1). En verdad, en los primeros momentos del cristianismo igual que en nuestros días, un corazón ansioso y amargado es antesala para la desilusión y el abandono de nuestras convicciones y, como consecuencia, el debilitamiento de la fe.

Es preciso reconocer que la fe es siempre una «fe humana», y por tanto nunca es totalmente independiente de la situación histó­rica, personal y social en la que nos movemos y hemos sido educados. También viaja unida a la fe la tentación de la duda y la crisis que acompaña al discípulo todos los días. La fe en Jesucristo no es un seguro ante problemas y dificultades sino más bien, en sentido humano, nos complica la vida. De ahí que la fe encuentre su sentido único y exclusivo en Jesús y en Dios.

San Juan responde a dos bandas, de forma breve y rotunda, a la cuestión del “más allá”. Jesús habla de la «casa del Padre» donde «hay muchas estancias» y anuncia que se irá «a preparar sitio». Esta forma de hablar desconcierta a los oyentes.  Inmediatamente toma la palabra Tomás preguntando: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?» La respuesta ha quedado grabada en la memoria de los seguidores de Jesús: «Yo soy el camino y la verdad y la vida». Él es quien nos enseña quién es el Padre y, es más, les dirá «ahora ya le conocéis y le habéis visto».

Felipe, en ascuas por lo que escucha, pide a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta paciente de Jesús es clara: «Hace tanto que estoy con vosotros ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre».

El regreso de Jesús a la casa del Padre no dejará a los suyos en la mayor de las soledades. El amor del Padre (su gloría) seguirá manifestándose en la ayuda a los discípulos para su misión: «Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores».

Manuel Pozo Oller

Párroco de Montserrat

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