Por Manuel Pozo Oller

En este domingo IV de Pascua, domingo conocido del buen Pastor y Jornada de oración por las vocaciones, el relato evangélico nos presenta una estampa pastoril propia de la vida diaria del siglo I de nuestra era. Las enseñanzas de Jesús nacen en la vida ordinaria y, desde ahí, extrae sus enseñanzas. La escena evangélica nos sitúa ante el corral de las ovejas y refiere situaciones conocidas por los oyentes (Jn 10,1-10).
No es casualidad que el Evangelio de san Juan coloque este relato inmediatamente después del signo de la curación del ciego de nacimiento y la consiguiente polvareda levantada por los fariseos que no pierden el tiempo en intentar desacreditar a Jesús. El evangelista indica que los fariseos por su forma de obrar son ejemplo de malos pastores cegados por su obsesivo legalismo, del que ya advirtió el Antiguo Testamento, que “están ciegos” y ni viven ni dejan vivir. La oposición entre los malos y buenos pastores es descrita mediante dos alegorías: la del pastor (vv.1-5) y la de la puerta (vv.7-9). Ambas alegorías son referencia obligada para nuestra acción pastoral.
En contraste con los fariseos, el evangelio joánico presenta a Jesús como modelo de buen Pastor que “escucha la voz y conoce a cada oveja por su nombre”, las cuida y, en caso de pérdida de alguna, la busca, y cuando la encuentra, vela por ella contra ladrones y salteadores.
No olvidaré nunca la impresión que me produjo la imagen del buen Pastor de la capilla del Seminario diocesano de san Pedro Sula (Honduras). El retablo principal es un mural donde se dibuja a Jesús caminando a la cabeza del grupo de discípulos que le siguen a sus espaldas. Una representación del buen Pastor tan evangélicamente provocadora y magnífica.
Pasado el tiempo seguí con admiración y disfruté las homilías del Papa Francisco sobre el buen Pastor que, en síntesis, presentaba a la cabeza de los discípulos para guiarles; en medio de la gente para hacerse pueblo; y colocado al final del grupo para compartir el paso de los más frágiles y débiles. Desde esta referencia cristológica se ha de entender como todo bautizado, todo discípulo, “tiene que oler a oveja”.
Jesús de Nazaret sorprende también con una afirmación radical: «Yo soy la puerta» (v.7). En consecuencia, no hay más entradas: «El que sube por otro lado, ese es un ladrón y un salteador» (v. 1).
Pasa inadvertida la figura del guarda del aprisco en quien muchos estudiosos de la palabra de Dios ven en figura la misión y tarea de los apóstoles y la Iglesia. Su misión, como el guarda, consiste en indicar la puerta y evitar que los ladrones roben y dispersen a las ovejas del redil.
Manuel Pozo Oller es Párroco de Montserrat







